lunes, 2 de mayo de 2011

El día en que México estalló

Francisco Cuamea

Texto publicado en el semanario Ríodoce (riodoce.com.mx) edición 1-7 de mayo.


El país se quebró a partir de la detención en Culiacán del narcotraficante Alfredo Beltrán Leyva. Una diferencia soterrada fue creciendo en el cártel de Sinaloa hasta convertirse en una disputa sangrienta. El 30 de abril de 2008 se dio en Culiacán el primer enfrentamiento de una nueva guerra que nacía entre los grupos de la delincuencia organizada que hoy asola todo el territorio nacional, a partir de la explosión que ocurre en el corazón del cártel de Sinaloa. El motivo fue la aprehensión de Alfredo Beltrán Leyva, el Mochomo, hecho que provocó la ira de su hermano Arturo y una ruptura histórica que ha llevado al país a una confrontación sin precedentes y que aceleró el proceso de degradación social que venía desarrollándose desde hace décadas en el país. Sinaloa es un botón de muestra.

El país se quebró en Culiacán a partir de la detención del narcotraficante Alfredo Beltrán Leyva el 21 de enero de 2008, y desde entonces se fue incubando una ruptura en el cártel de Sinaloa que estalló el 30 de abril de 2008.

Ese día comenzaron nuevos enfrentamientos entre grupos criminales que antes eran afines, se agudizó la guerra entre autoridades y delincuentes, entre policías. La sociedad civil en medio, muchos inocentes han sido víctimas del fuego cruzado, acribillados lo mismo por sicarios que por militares. Es la guerra de todos contra todos, en una tierra que desde entonces es de nadie.

A partir de esa fecha México se inundó de muertos y de escenas negras y rojas que cada día retan la capacidad de asombro de los ciudadanos, pero sobre todo, que ponen en riesgo su vida y sus derechos humanos fundamentales.

El punto de quiebre de hace tres años también aceleró el proceso de degradación social, con la masificación del ideal mafioso, sobre todo entre la juventud.

“Dada la estructura económica de nuestro país y de las relaciones diversas llenas de corrupción en nuestro sistema económico, pues resulta explicable porqué han crecido tanto estos grupos a tal grado que se ha generado esta suerte de euforia, particularmente en Sinaloa, por el delito”, observa Nery Córdova Solís, investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

“Se trata de una involución, porque están resurgiendo los aspectos más salvajes de los que es capaz el ser humano”.

Despertar dentro de una pesadilla


La tarde del 30 de abril de 2008, policías federales y militares sostuvieron un enfrentamiento en una casa de seguridad de la colonia Guadalupe, a 100 metros de la residencia oficial del entonces gobernador Jesús Aguilar Padilla.

Durante horas, los vecinos quedaron atrapados en sus hogares, mientras afuera retumbaba el tableteo de los fusiles y los delincuentes brincaban por los techos vecinos en un intento por escapar. Detuvieron a 13 presuntos gatilleros, pero las autoridades dieron cuenta de 12. Nunca se supo la identidad ni el destino del treceavo, un hombre cincuentón bien vestido y calzado, con aspecto de empresario.

Al día siguiente, cuestionado sobre si tenía conocimiento de que era vecino de una casa de seguridad, Aguilar Padilla respondió: “Por desgracia y esto no lo podemos evitar, en un momento dado, cualquiera de nosotros puede ser vecino de una casa de seguridad, de una célula de sicarios o de algún miembro de la delincuencia organizada, esa es la realidad”, dijo a los reporteros durante el desfile del 1 de mayo.

Además del desenfado oficial mostrado por el ex gobernador, el enfrentamiento del Día del Niño de 2008 en la colonia Guadalupe exhibió una realidad que socialmente se negó por décadas, pero que ya no fue posible ignorarla: los miembros de las empresas del crimen organizado ya estaban en todas partes.

Lejos quedaron los días de su confinamiento en Tierra Blanca. Muy lejos.

La presencia casi total no es nada más territorialmente, sino que ahora la mafia influye en los hábitos cotidianos, en la conversación diaria. En la aceptación y aspiración de jóvenes, quienes son los que en el futuro tomarán las decisiones en el Gobierno, en las escuelas, en las empresas, en los sindicatos y en todo orden de la vida social, empresarial y política.

Tres años han pasado desde que se agudizó el conflicto violento que asola el territorio nacional y que a la postre produjo la conformación de bloques criminales que hasta entonces no existían: por un lado los hermanos Beltrán Leyva aliados con los Carrillo Fuentes y Los Zetas. Por el otro, Joaquín el Chapo Guzmán, los hermanos Cázarez Salazar e Ismael el Mayo Zambada, aliados con el cártel del Golfo y La Familia Michoacana.

Desde entonces, no solo han muerto decenas de miles de los involucrados, sino también médicos, agricultores, madres, niños, periodistas, maestros, políticos, un secretario de Turismo, taxistas, camioneros, socorristas, trabajadores y cerca de 40 universitarios de la Autónoma de Sinaloa, entre ellos, el más reciente, Álvaro Rendón Moreno, el Feroz, reconocido maestro de la Escuela de Filosofía y Letras.

Los números de la Procuraduría de Justicia del Estado de Sinaloa reportan 5 mil 134 homicidios dolosos de 2008 a la fecha.

Si tan solo se hace un cálculo con un promedio de cuatro integrantes por familia, tendríamos que, por lo menos, 20 mil 536 personas han sido dañadas de manera directa, cantidad que equivale a la tercera parte con relación a los 61 mil 559 nacimientos registrados en todo el país durante 2008, según el censo de 2010 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

El Gobierno federal ha reportado más de 35 mil asesinatos en todo el país. El mismo ejercicio arrojaría un total de 140 mil personas con daños físicos, sicológicos y económicos. El equivalente a la población de Navolato.

Las cifras, sin embargo, son un apoyo para intentar dimensionar lo que sucede.

Aún se desconoce con precisión con qué profundidad han afectado socialmente estos tres años en los que la vida criminal salió del anonimato para asumir un protagonismo e iniciativa inéditas, lo que sí se percibe es que Sinaloa involuciona, el desprecio a la vida gana terreno, el rechazo al estado de derecho se vuelve norma y algunos que en el futuro tomarán las decisiones políticas, sociales o empresariales admiran, imitan o aspiran hoy a la vida de los jefes de la mafia.

Jóvenes, las principales víctimas


El joven reta con la mirada. Rosario al cuello, playera de garabatos y su gorra ladeada se asoma en una fotografía impresa sobre una manta colocada en su tumba.

Fue asesinado a los 19 años. A balazos. Ahora yace entre los mausoleos del panteón Jardines del Humaya.

Conforme se caminan los angostos andadores van apareciendo gráficas con rostros muy jóvenes, algunos casi niños. De 19, de 20, de 23, de 28 años.

Unos están sonrientes, otros hasta con funda de pistola, radios, tres teléfonos colgando del cinto o con la camioneta lujosa. Los botes de cerveza y botellas de whiskey están ahí, en sus tumbas, como tributos.

En otro lugar, de noche, hay un joven que ronda los 25 años y que baila con pistola en mano. Hace como que dispara al aire. Celebra el narcocorrido de su delincuente favorito que escucha a todo volumen.

En las calles caminan múltiples réplicas del capo Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, con sus playeras Polo Ralph Lauren, o copias de ellas, que bien pueden comprarse en tiendas departamentales, en los pasillos del mercado o por mercadolibre.com.

En un intento por comenzar a comprender, Arturo Santamaría Gómez, profesor investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Sinaloa, realizó una encuesta entre 300 jóvenes de 15 a 25 años, que si bien no cuenta con el rigor metodológico, da una idea del impacto de la cultura del narcotráfico.

“La juventud es muy vulnerable, tanto por la inmadurez como por la falta de oportunidades”, dice.

La pregunta principal que se hizo a muchachos de colonias populares de Mazatlán fue: ¿Consideran ustedes que es positivo el narcotráfico en Sinaloa? “El 18 por ciento respondió que sí”, comenta Santamaría.

“Estos muchachos están acostumbrados a ver la violencia, no lo ven como algo grave, que los lastime”.

Del otro extremo del estado, en Los Mochis, el padre Antonio Díaz Fonseca recuerda aquella vez en que, mientras oficiaba misa, lo sorprendió un muchacho de 14 años que repentinamente salió de su oficina, cruzó el atrio y recorrió el pasillo central del templo hasta la calle. El joven había robado en la casa cural y estaba huyendo. Al tiempo, lo encontraron colgado. La versión oficial indicó suicido, algunos dijeron que fue homicidio.

“¿Por qué se suicidó?”, se pregunta el padre, quien es uno de los fundadores del Frente Cívico Sinaloense, “en primer lugar porque no le encontraba sentido a su existencia ya a los 14 años; ya es grave que un adolescente de 14 años no le encuentre sentido a su existencia y por eso se corte la vida”.

“Pero si él no se la cortó y se la cortaron, también, ¿quién se está sintiendo ahora con derecho para ejecutar gente? ¿Por qué la gente se está erigiendo en Dios? ¿Por justicia? Lo que necesitamos es apegarnos a las leyes, y si él es un delincuente, pues entonces que se le juzgue”.

“¿Por qué hay algunas gentes que se erigen como la ley? Porque al final de cuentas las autoridades no están cumpliendo con su función”.

—Usted hacía una reflexión sobre los jóvenes…
—Chamacos que he conocido que han estado aquí en el catecismo que de pronto sé que los mataron, yo no sé si andaban o no andaban, pero a final de cuentas son de las gentes que han matado aquí que me ha tocado celebrar sus funerales aquí, me cuestiono: ¿qué está sucediendo en mi sociedad y yo como iglesia qué estoy haciendo? Y si viéramos esto cada quién desde los suyo, ¿qué nos ha faltado a nosotros como padres? ¿Qué nos ha faltado a nosotros como maestros? ¿Qué nos ha faltado a nosotros como actores sociales? ¿Qué estamos haciendo con nuestros niños y con nuestros jóvenes?
Yo pienso que esto sí puede cambiar si nosotros lo ponemos a ese nivel.

La ideología: “más vale vivir 5 años como rey”

“Más vale vivir cinco años como rey que 45 como buey”, frase que expone Nery Córdova Solís que, aunque es muy recurrida, ilustra la ideología de la narcocultura que va penetrando aceleradamente en barrios, casas y rancherías de Sinaloa.

El autor de la tesis Narcocultura: Simbología de la transgresión, el poder y la muerte, intenta algunas aproximaciones explicativas de lo que hoy ocurre.

“Se trata de una involución, porque están resurgiendo los aspectos más salvajes de los que es capaz el ser humano, es decir, volvemos aun antes de la Prehistoria. Yo creo que ni los animales, ni las bestias, ni los simios tienen actitudes tan salvajes como las que es capaz el ser humano bajo determinadas circunstancias”, describe.

Periodista de origen, en su cubículo de la Facultad, donde apenas caben dos escritorios, explica que los 100 años de historia del narcotráfico han logrado configurar una ideología, expresada, por una parte, en los narcocorridos, y que está sostenida por la corrupción e impunidad de autoridades, amparo de los círculos políticos y empresariales, falta de oportunidades, marginación económica, sistema educativo insuficiente y una sociedad permisiva.

“La cultura de la violencia, la narcocultura, no solamente se refiere a los grupos, a los individuos, directamente involucrados en el negocio sino al público consumidor, a la población que es la que finalmente resiente, recibe y reconstruye y enaltece todo lo que está recibiendo”, explica.

“Esta parte de la recepción resulta la más endeble porque no saben ni lo que están viviendo porque es una cuestión ideológica; cuando tú crees algo, crees en cierto tipo de valores, y eso es precisamente ideología, porque no tienen otro tipo de referencias, no tienen manera de comparar”.

Rompe proceso migratorio

Arturo Lizárraga Hernández tiene 14 años estudiando el fenómeno migratorio, está en la zona de la cafetería de Ciudad Universitaria de la UAS de Mazatlán, desayunando, cuando es interrumpido con la solicitud de entrevista.

Es notoria su timidez, pero el dominio de su tema le da seguridad.

“Ha cambiado la dinámica, propiamente el proceso de la migración. Si antes de 2008, antes de la guerra contra el narcotráfico, tenía ciertas características el proceso migratorio, hoy ya tiene otras”, dice.

Doctorado en Antropología Social, el investigador universitario explica que el proceso tradicional de migración era de ida y vuelta. Es decir, cuando acababa el ciclo de la mariguana y amapola, la gente de las comunidades serranas emigraba para emplearse a los valles de Sinaloa o a Estados Unidos. Luego volvían a su tierra cuando se reiniciaba el ciclo de los enervantes.

Vino el 2008 y los combates entre grupos del crimen organizado, así como la intensificación de destrucción de plantíos por parte del Gobierno federal, en la que, al parecer, los más perjudicados han sido los productores, no los jefes, provocaron que los migrantes ya no volvieran a sus pueblos.

“La gente está abandonando sus pueblos y a diferencia de antes que regresaban, hoy se van para no regresar. Se interrumpió el proceso de ida y vuelta”, expone.

A esto, se sumó la crisis de EU.

“Con la crisis de EU ha disminuido el número de migrantes de la zonas rurales hacia EU”, describe.

“Y los que estaban allá en buena medida han tenido que regresar al país, pero como ya no existe esa fuente de ‘trabajo’ en sus comunidades de origen, y como hay una crisis generalizada, ya no pueden emplearse ni en sus comunidades ni en las ciudades (de Sinaloa) ni en los EU”.

Y esto es para Lizárraga Hernández otra línea que podría explicar el sicariato, pues el principal grupo de migrantes consiste en jóvenes de 17 a 27 años, quienes hoy no encuentran empleo ni en el estado ni en el país vecino.

“Si contrastamos los grupos de edades de los ex migrantes, ahora desempleados, con los grupos de edades de los sicarios que están muriendo, son exactamente esos grupos de edad”, observa.

“Eso me hace pensar que existe una correlación entre crisis económica, guerra del narco y cooptación de los jóvenes para involucrarlos a los sicarios. Eso es grave”.

En busca de la sociedad posible

Tres años en los que se aceleró el centenario proceso de degradación social tienen a la sociedad en un círculo vicioso que ha generado pesimismo, miedo e incertidumbre, ¿cómo salir de él?

Antonio Díaz Fonseca cree que la generación de ciudadanos responsables, autónomos, con oportunidades de empleo y educación, podría ser la respuesta para que, al menos, dentro de dos generaciones más exista una mejor sociedad.

“¿Qué es autónomos?”, expone, “que sepan gobernarse a sí mismos, que tengan sus propios principios, sus propios valores y tomen sus propias decisiones de una manera autónoma, libre y que se hagan responsables de las consecuencias de sus actos”.

“Tenemos que generar empleos para la gente, tenemos que crear alternativas para la gente. ¿Cómo puedes tú considerar que Badiraguato (la cuna del narcotráfico) sea el municipio más atrasado de Sinaloa y que sea uno de los municipios más atrasados de todo el país? Yo soy muy mal pensado”.

El padre, fundador del Frente Cívico Sinaloense, ve en la educación el punto de partida para esa nueva sociedad.

“Diría aquel canto de Navidad de los nicaragüenses: ‘Son más importantes 100 maestros que un blindado batallón’. Queremos que esa gente salga del atraso, salga de la miseria, tenemos que darle educación y darle empleo, si no…”.

Punto de quiebre. Las cifras

A partir de 2008, es notorio cómo en Sinaloa, Chihuahua, Durango, Coahuila, Baja California, Jalisco, el Estado de México y Oaxaca, se dispara el índice de homicidios relacionados con la delincuencia organizada.

En los años siguientes, las cifras siguen aumentando. Y aumentando.


Entidad

2007

2008

2009

2010

Aguascalientes

37

38

31

46

Baja California

209

779

484

540

Baja California Sur

6

2

1

10

Campeche

8

7

6

10

Coahuila

18

78

179

384

Colima

2

12

33

101

Chiapas

57

82

88

77

Chihuahua

244

2118

3345

4427

Distrito Federal

182

144

135

191

Durango

108

276

674

834

Guanajuato

51

79

234

152

Guerrero

299

412

879

1137

Hidalgo

43

38

34

52

Jalisco

70

148

261

593

México

111

364

440

623

Michoacán

328

289

590

520

Morelos

32

48

114

335

Nayarit

11

28

37

377

Nuevo León

130

105

112

620

Oaxaca

62

121

87

167

Puebla

6

22

28

51

Querétaro

5

6

13

13

Quintana Roo

26

29

32

64

San Luis Potosí

10

34

8

135

Sinaloa

426

1084

1059

1815

Sonora

141

252

365

495

Tabasco

27

35

65

73

Tamaulipas

80

96

90

1209

Tlaxcala

0

3

6

4

Veracruz

75

65

133

179

Yucatán

4

18

1

2

Zacatecas

18

25

50

37

Fuente: Gobierno Federal. Actualización a diciembre 2010.

Esta información es susceptible a cambios debido a la metodología de conformación de la base de datos.

Final del formulario

lunes, 18 de abril de 2011

Sociedad y Violencia: ¿Y la Iglesia, qué?

Francisco Cuamea

Texto publicado en el Semanario Ríodoce edición 17-23 de abril

Demasiada tinta se ha impreso en los últimos años sobre el rol del gobierno y de la sociedad ante el narcotráfico, pero ¿y la Iglesia, qué?

En el ambiente que han creado las empresas criminales, ¿cuál es el papel de la institución con el mayor número de creyentes en Sinaloa, México y el mundo?

Pocos son los sacerdotes que hablan del tema abiertamente y Antonio Díaz Fonseca es uno de ellos.

Desde su oficina en la parroquia Cristo Rey en Los Mochis, el amigo del finado Obispo Samuel Ruiz y a quien le antecede una trayectoria y visión humanistas, hace un balance crítico de la Iglesia, de la sociedad y del gobierno frente a la inseguridad, la violencia y el crecimiento de las organizaciones mafiosas.

“¿Y la iglesia, qué? ¿Somos testigos nada más, o al final de cuentas nosotros también somos cómplices?”, se cuestiona el padre.

“Porque uno peca por pensamiento, por palabra, por obra, y por omisión también, entonces, ¿somos una Iglesia omisa?”

“Tenemos que decir: estamos en contra del narco”

Desde que se ordenó en la década de los 70, Antonio Díaz Fonseca ha sido testigo del fenómeno violento, ya sea cuando escuchaba las balaceras alrededor del Seminario, antes colindante con Tierra Blanca, o cuando tuvo su primer “trabajo” en 1973 y 1974, en Tameapa, Badiraguato.

También cuando regresó a Culiacán, después se fue a La Palma, Navolato, en los tiempos del auge de los Carrillo, y ahora en Los Mochis, donde un día matan a mujeres, el otro patrullan las calles comandos armados, o al siguiente cuando encuentran fosas con 13 cadáveres cerca de la ciudad.

Así, el padre Díaz Fonseca ha ido haciendo una memoria crítica de la situación. Fundador junto con Mercedes Murillo del Frente Cívico Sinaloense, reflexiona: “No es ni nada más Badiraguato, ni nada más Tierra Blanca, ni nada más Culiacán… al final de cuentas las cosas son como los árboles, los árboles crecen y se van ramificando, así ha sido el problema de la violencia en Sinaloa”, observa.

Entonces, nosotros no hemos sabido enfrentar eso como sociedad, nos hemos sentido que estamos al margen, pero no es cierto porque muchos negocios de Sinaloa son lavaderos y muchos políticos de Sinaloa finalmente también son parte de la cultura del narco, están permeados de eso”.

A pesar de que la sociedad se escandalice, comenta, las personas involucradas en las empresas criminales no son “marcianas”, nacieron, crecieron y se desarrollaron en Sinaloa.

El fenómeno mafioso ha ido permeando, ha ido avanzando y “nos vamos acostumbrando a ser una sociedad narcotizada”.

“Ahorita ya podemos hablar que hay una cultura del narcotráfico y hay una cultura permeada de violencia, entonces, ahí es donde yo hago mi reflexión como sociedad, de que somos una sociedad permisiva y cómplice”, cuestiona.

“Pero al mismo tiempo hago mi reflexión eclesial, ¿y la Iglesia, qué? ¿Somos testigos nada más o al final de cuentas nosotros también somos cómplices?

Porque uno peca por pensamiento, por palabra, por obra y por omisión también, entonces, ¿somos una Iglesia omisa?

-¿Cuál ha sido el papel de la iglesia en Sinaloa (ante la violencia)?

-Si lo ponemos como Iglesia que entendamos que es de todos los cristianos no nada más de los sacerdotes, sí tenemos que replantearnos nuestros métodos de evangelización. El Papa Juan Pablo II ya hablaba de una nueva evangelización.

El simple hecho de que se bautice, de que se confirme, que reciba los sacramentos de la Iglesia, eso no garantiza, eso es hacer cristianos por costumbre, por tradición, tenemos cristianos sociológicos, pero no cristianos convertidos.

-En cuanto a los jerarcas de la Iglesia, ¿cuál ha sido su papel con relación a la violencia?

-Igual que tú ves a un maestro, igual que tú ves a un policía, igual que tú ves a un comerciante. ¿Qué es lo que hace, que siempre ha hecho? Un maestro dice yo vengo a dar mi clase, y ya nada más, cumplo con dar mi clase. Entonces, nos hemos dedicado nosotros a cumplir. ¿Cuál es mi deber? Bautizar, confesar, casar, celebrar misas, entonces, somos sacerdotes de cumplimiento; cumplo y miento, las dos cosas. Somos muy tradicionales y no nos queremos salir del librito.

-El historiador italiano Giuseppe Carlo Marino (catedrático de la Universidad de Palermo y profesor de Historia Contemporánea) encuentra en la historia de la mafia siciliana que la Iglesia fue el catalizador para que los valores de la mafia fueran aceptados e inculcados en la sociedad, ¿en Sinaloa y México la Iglesia ha sido un punto de unión entre la mafia y la sociedad?

-No me atrevería yo a decir eso. ¿Ha habido algunos padres ligados al narco? Sí, pero no es toda la jerarquía. Incluso, habemos sacerdotes que nunca hemos visto bien esas relaciones cercanas con la mafia.

Pero qué haces tú, por ejemplo, que te vas a trabajar a Badiraguato en donde ves que casi toda la gente de una u otra manera está ligada.

El padre Antonio Díaz Fonseca observa miedo en la gente y usa una expresión muy recurrida para ilustrarlo: “con el gobierno no se puede”. Es decir, al igual que cuando los ciudadanos temen enfrentar alguna decisión de la autoridad, también temen contrariar la delincuencia organizada.

“Ellos también de alguna manera u otra son autoridad, tienen poder… pues muchos sacerdotes también (tienen miedo). Vale más estar bien con el gobierno, vale más estar bien con el que maneja aquí el atole”, expresa.

“Finalmente nosotros como Iglesia tenemos que decir: nosotros estamos en contra del narco, pero no estamos en contra de las personas. Cristo condena el pecado pero no el pecador. Cristo es muy claro en eso, dice ‘yo no he venido por los sanos, he venido por los enfermos; no he venido por los justos, he venido por los pecadores’”.

Pasar de la sociedad enferma

a la sociedad participativa

En 1973, recién ordenado, estuvo en Tameapa, Badiraguato, zona colindante con Durango. Además de esta sindicatura, su misión abarcaba también las de La Tuna, San José del Llano y San Javier.

Al año siguiente revisó los libros de defunciones del Registro Civil tan solo de San Javier. Encontró que en 1973 murieron 41 personas, 21 de ellas asesinadas.

“La violencia ya existía hace mucho tiempo en Sinaloa, pero lo veíamos muy remoto, en la sierra, en Badiraguato, siempre cuna de lobos, la cuna del narco”, asienta.

Ahora, 38 años después, cuenta en su oficina repleta de libros y discos compactos cómo la violencia lo ha seguido, pues ha sufrido un intento de extorsión, cuatro robos en su parroquia y ha celebrado, en tan solo dos años, al menos 15 misas de jóvenes asesinados y que antes estudiaron catecismo en su templo Cristo Rey.

“Nosotros tenemos que decir: aquí tenemos una sociedad enferma, unos por comisión, otros por omisión y otros por acción y lo que sea, pero es una sociedad enferma. Necesitamos sanar”, advierte.

“Pero qué se necesita para que un enfermo sane, pues lo primero es que acepte que está enfermo. Tenemos que tener conciencia de que esta sociedad hace mucho tiempo está contaminada y necesitamos sanar”.

Para aliviarse, ve la posible respuesta en la conformación de una alianza social.

-¿Ve signos para esta posible alianza?

-Todavía no

-¿Cuáles serían esos signos?

-Una sociedad más participativa.

-¿Pero vota?

-Vota pero no basta. Te digo, se bautizan pero no basta. Tenemos que entender que hay cosas que se hacen y que están bien, pero no basta. Se necesita que la gente vaya cambiando de mentalidad.

Los ciudadanos somos los responsables de la ciudad, a las autoridades nosotros las pusimos para que ellas cumplan una función y nosotros como ciudadanos se lo tenemos que exigir y, mientras nosotros no tengamos esa mentalidad de que nosotros los pusimos y nosotros les exigimos a ellos, entonces no hemos cambiado.

Porque luego vamos ante el gobernante como que le vamos a pedir un favor, y al gobernante no se la va a pedir un favor, le vamos a pedir que cumpla. Nosotros le dimos el mandato para que se gobierne y gobierne con las leyes, mientras nosotros no vayamos haciendo esa transformación de mentalidad, y esa es la verdadera transformación cultural, vamos a tener una sociedad en donde todo se compra y se vende, porque el narcotráfico vive de la corrupción, vive de la impunidad y de la permisividad en la que nosotros nos desenvolvemos.

“Yo no me zafo, nosotros la Iglesia también estamos contaminados”.

 
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